III. Animales ; Roberto Calasso (fragmento)
La india védica es el único lugar, en la historia del mundo, en el que se
haya formulado el siguiente interrogante: ¿por qué no es recomendable que “el
hombre esté desnudo en presencia de una vaca”? Ni los antiguos ni los modernos
parecen haber tenido una preocupación semejante. Sí la tuvieron los ritualistas
védicos, quienes además conocían la respuesta: porque “la vaca sabe que viste
la piel suya (del hombre) y huye por miedo a que él quiera recuperarla”.
Agregaban después una deliciosa nota frívola, fundada en otra observación
desconcertante: “Por eso también las vacas se acercaban confiadamente a quienes
están bien vestidos.” Quizás sólo Oscar Wilde habría estado en condiciones de
comentar autorizadamente esta motivación del bien vestir.
En cuanto a los ritualistas védicos, la sustentaban mediante una historia
que otros quizá definirían como un mito, pero que en sus palabras sonaba como
una crónica escueta y anónima de los orígenes. Todo había empezado cuando los
dioses, mirando a las cosas de la tierra, se habían dado cuenta de que la vida
entera era soportada por la vaca. Los hombres eran sus parásitos. Algunos de
los dioses -no sabemos cuál- exhortó a los hombres a dejar que su piel fuese
usada para recubrir a la vaca. Así fue como los dioses desollaron al hombre. Si
quisiéramos remontarnos hasta los orígenes, éste es el estado natural del
hombre: el Desollado, como en los atlas de anatomía del siglo XVI. Al contrario
de los ingenuos positivistas, que en las vitrinas de los museos de historia natural
presentaban al hombre originario cubierto aún de un vello simiesco, los
ritualistas védicos lo veían no ya como el arrogante soberano de la creación,
sino como el ser más expuesto, más fácilmente vulnerable al mundo exterior.
Para ellos, el hombre no solo escondía una herida, sino que era una herida
única. Quisieron agregar un detalle un detalle elocuente: incluso un hilo de
hierba puede hacer que brote la sangre del hombre, ese hemofílico vocacional.
Entre las muchas características que marcan al hombre (según las
perspectivas: es el único que tiene lenguaje, es el único que ríe, es el único
que llora, es el único que celebra sacrificios), el hecho de ser la única
criatura que siente la necesidad de vestirse es generalmente considerada la
señal más evidente de su nexo infalible con la artificialidad. También sobre
este punto los ritualistas védicos pensaron de otro modo, y refutaron por
anticipado a quienes vinieron después. Según ellos, cuando al principio del
rito de “consagración”, diksa (que es también una iniciación), el sacrificante lleva
un vestido de lino, en ese momento “viste su propia piel”. Sólo entonces el
hombre recupera su “completud”. Sólo entonces vuelve a lo que había sido su
estado originario.
Inversión total respecto a la visión corriente: aquí el artificio es la
señal de la reconquista de una naturaleza íntegra. Reconquista siempre
provisional, porque al final de la liturgia el hombre deberá liberarse de todos
los objetos (y los vestidos) que ha usado durante el rito, volviendo así a su
condición de ser impuro y desollado. La naturaleza es un estado momentáneo,
vinculado a un vestido y a una determinada secuencia de actos (rito).
pp.82, cap. III. Los animales; El ardor.
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