El Macroprosopo ; Eliphas Levi
No conocemos en los libros antiguos nada tan grande como el sínodo de los verdaderos iniciados, ocupados en construir mediante la verdad y la razón una figura jeroglífica de Dios. Saben que toda forma, para ser visible, exige una luz y proyecta una sombra. Pero la sombra, ¿puede representar, por sí misma, la inteligencia suprema? Indudablemente, no. No puede representar más que el velo; la antigua Isis estaba velada. Cuando Moisés hablaba de Dios, se cubría la cabeza con un velo. Toda la teología de los antiguos está velada por alegorías más o menos transparentes; la mitología no es otra cosa. Ha ella han sucedido los misterios, que son el velo negro, despojado de sus bordados, acusando cada vez más esta faz de sombra adivinada por el gran Rabí Schimeón. Pero todo esto se remonta a la ficción primera, de suerte que las lágrimas que traducimos, analizándolas, parece ser el origen de todos los simbolismos y el principio de todos los dogmas. Nada tan hermoso y consolador como es...