Un cuarto propio - Virginia Woolf (Fragmento)
"...En cierto modo pareció una señal, una señal que hiciese resaltar en las cosas una fuerza en la que uno no había reparado. Parecía indicarle a uno la presencia de un río que fluía, invisible, calle abajo hasta doblar la esquina y tomaba a la gente y la arrastraba en sus remolinos, de igual modo que el arroyo de Oxbridge se había llevado al estudiante en su bote y las hojas muertas. Ahora traía de un lado de la calle al otro, en diagonal, a una muchacha con botas de charol y también a un joven que llevaba un abrigo marrón; también traía un taxi; y los trajo a los tres hasta un punto situado directamente debajo de mi ventana; donde el taxi se paró y la muchacha y el joven se pararon; y subieron al taxi; y entonces el taxi se marchó deslizándose como si la corriente lo hubiese arrastrado hacia otro lugar.
El espectáculo era del todo
corriente; lo que era extraño era el orden rítmico de que mi imaginación lo
había dotado y el hecho de que el espectáculo corriente de dos personas bajando
la calle y encontrándose en una esquina pareciera librar mi mente de cierta
tensión, pensé mirando cómo el taxi daba la vuelta y se marchaba. Quizás el
pensar, como yo había estado haciendo aquellos dos días, en un sexo separándolo
del otro es un esfuerzo. Perturba la unidad de la mente. Ahora aquel esfuerzo
había cesado y el ver a dos personas reunirse y subir a un taxi había
restaurado la unidad. Desde luego, la mente es un órgano muy misterioso, pensé,
volviendo a meter la cabeza dentro, sobre el que no se sabe nada en absoluto,
aunque dependamos de él por completo. ¿Por qué siento que hay discordias y
oposiciones en la mente, de igual modo que hay en el cuerpo tensiones
producidas por causas evidentes? ¿Qué se entiende por «unidad de la mente»?, me
pregunté. Porque la mente tiene, claramente, el poder de concentrarse sobre
cualquier punto en cualquier momento, tal poder que no parece estar constituida
por un único estado de ser. Puede separarse de la gente de la calle, por
ejemplo, y pensar en sí misma mientras mira a la gente desde una ventana alta.
O puede, espontáneamente, pensar junto con otra gente, como ocurre, por
ejemplo, en medio de una muchedumbre que espera la lectura de una noticia.
Puede volver al pasado a través de sus padres o de sus madres, de igual modo
que una mujer que escribe, como he dicho, está en contacto con el pasado a
través de sus madres. También, si una es mujer, a menudo se siente sorprendida
por una súbita división de la conciencia: por ejemplo, cuando anda por
Whitehall y deja de ser la heredera natural de aquella civilización y se siente,
al contrario, excluida, diferente, deseosa de criticar. Es indudable que la
mente siempre está alterando su enfoque y mirando el mundo bajo diferentes
perspectivas. Pero algunos de estos estados mentales parecen, incluso si se
adoptan espontáneamente, menos cómodos que otros. Para mantenerse en ellos,
inconscientemente uno retiene algo, y gradualmente esta represión se convierte
en un esfuerzo. Pero quizás haya algún estado en el que uno pueda mantenerse
sin esfuerzo porque no necesita retener nada. Y éste, pensé apartándome de la
ventana, quizá sea uno de ellos. Porque al ver a la pareja subir al taxi, me
pareció que mi mente, tras haber estado dividida, se había reunificado en una
fusión natural. La explicación evidente que a uno se le ocurre es que es natural
que los sexos cooperen. Tenemos un instinto profundo, aunque irracional, en
favor de la teoría de que la unión del hombre y de la mujer aporta la mayor
satisfacción, la felicidad más completa. Pero la visión de aquellas dos
personas subiendo al taxi y la satisfacción que me produjo también me hicieron
preguntarme si la mente tiene dos sexos que corresponden a los dos sexos del
cuerpo y si necesitan también estar unidos para alcanzar la satisfacción y la
felicidad completas. Y me puse, para pasar el rato, a esbozar un plano del alma
según el cual en cada uno de nosotros presiden dos poderes, uno macho y otro
hembra; y en el cerebro del hombre predomina el hombre sobre la mujer y en el
cerebro de la mujer predomina la mujer sobre el hombre.
El estado de ser normal y
confortable es aquel en que los dos viven juntos en armonía, cooperando
espiritualmente. Si se es hombre, la parte femenina del cerebro no deja de
obrar; y la mujer también tiene contacto con el hombre que hay en ella. Quizá
Coleridge se refería a esto cuando dijo que las grandes mentes son andróginas.
Cuando se efectúa esta fusión es cuando la mente queda fertilizada por completo
y utiliza todas sus facultades."



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