La maravillosa historia de Peter Schlemihl
Los libros que habitaron en nuestra infancia pasean junto a nosotros el resto de nuestras vidas, aunque no los veamos, aunque aparentemente los olvidamos, están grabados, están tatuados en nuestra alma.
El libro que traigo hoy a la mesa forma parte de ese espacio.
La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert Von Chamisso. Publicado por primera vez en el Berlín de 1814, se transformó en una obra representativa del romanticismo alemán.
El entretejido: Un joven Peter Schlemihl nos relata su historia, tras haberle vendido su sombra a un misterioso señor a cambio de una inagotable bolsa de Fortunato. Peter nos relata sus raros encuentros, sus nuevas y extravagantes posibilidades, sus desventuras.
De forma cercana Peter nos relata, nos confiesa, nos hace sentir lo que es vivir sin sombra. La desventura se va transformando en una búsqueda, una búsqueda fascinante que nos hará preguntarnos una y otra vez sobre el gran enigma de la sombra y su importancia.
(Fragmento Cap. 1)
Había bajado ya la colina por entre los rosales,
escurriéndome felizmente, y me encontraba en una pradera cuando, por miedo a
que alguien me viera caminando por la hierba, lancé una escrutadora mirada a mi
alrededor. ¡Qué susto me llevé al ver al hombre del abrigo gris detrás de mí y
que venía a mi encuentro! Hasta se quitó el sombrero y se inclinó delante de mí
tan profundamente como nunca nadie lo había hecho. No había duda: quería
hablarme y yo no podía evitarlo sin parecer grosero. Me quité también el sombrero,
me incliné y me quedé allí a pleno sol con la cabeza descubierta, como si
hubiera echado raíces. Le miré aterrorizado; estaba igual que un pájaro
encantado por una serpiente. Él también parecía muy apurado. Levantó la vista,
se inclinó varias veces, se acercó un poco y me dijo con una voz insegura,
débil, poco menos que en el tono de un mendigo:
—¿Querrá el señor perdonar mi impertinencia por haberle
seguido de una manera tan desacostumbrada? Deseaba pedirle algo. Hágame el
favor, se lo ruego...
—¡Pero , por Dios, señor! —dije yo lleno de miedo—. ¿Qué
puedo hacer yo por un hombre que...?
Nos quedamos callados los dos y yo creo que nos pusimos
colorados.
Después de un momento de silencio él volvió a hablar.
—Durante el corto tiempo que he tenido la suerte de
encontrarme a su lado... si me permite decírselo, señor, he podido contemplar
con auténtica e indecible admiración la bellísima sombra que, sin darse cuenta,
con un cierto noble descuido..., arroja ahí a sus pies. Y ahora, perdóneme la
atrevida pretensión: ¿No podría quizás sentirse inclinado a cedérmela?
Se calló, y a mí me daba vueltas la cabeza como una rueda de
molino. ¿Qué pensar de una proposición tan rara? ¡Comprarme la sombra! «Debe de estar loco», pensé. Y, cambiando a un tono
más de acuerdo con el suyo, tan humilde, le contesté:
—¡Pero, cómo! ¿No tiene bastante con su sombra, querido
amigo? Me parece un negocio muy raro.
Y el respondió en seguida:
—Yo tengo aquí en mi bolsillo algunas cosas que posiblemente
no le parezcan mal al señor...Para esa inapreciable sombra, cualquier precio,
por alto que sea, me parece poco.
Me corrió un escalofrío ante esa alusión al bolsillo y no
supe cómo había podido llamare antes querido amigo. Empecé a hablar otra vez
intentando en lo posible contentarle con la máxima cortesía.
—Mire, señor, le ruego que perdone a su servidor más
rendido, pero, de verdad, no entiendo bien del todo lo que dice. ¿Cómo iba yo a
poder vender mi...?
El me interrumpió.
—Yo le suplico solamente que me dé permiso para recoger aquí
mismo, en el acto, su sombra del suelo y guardármela. Cómo hacerlo, es asunto
mío. A cambio, como prueba de mi reconocimiento al señor, le dejo escoger entre
todos estos tesoros que llevo en el bolsillo: la auténtica mandrágora, la
hierba de Glauco, los cinco céntimos del judío, la moneda robada, el tapete de
Rolando, un genio embotellado...al precio que quiera. Pero ya veo que no le
interesa. Mejor el sombrerito de los deseos de Fortunato, nuevo y fuerte,
recién restaurado. También una bolsa de la suerte, como la que él tuvo...
—¡La bolsa de Fortunato! —exclamé interrumpiéndole.
Había ganado mis cinco sentidos (a pesar del miedo que
tenía) con esas palabras. Me dio una especie de mareo y vi brillar delante de
mis ojos dobles ducados.
—El señor puede examinar y poner a prueba esta bolsita
cuando lo desee.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de tamaño
medio, de cordobán fuerte, bien cosida a dos firmes cordones de cuero y me la
dio. Metí la mano dentro y saqué diez piezas de oro y luego otras diez, y otras
diez, y otras diez. Le tendí rápidamente la mano.
—¡De acuerdo! Trato hecho. Llévese mi sombra por la bolsa.
Me estrechó la mano. Inmediatamente se arrodilló delante de
mí y le vi cómo despegaba suavemente del suelo mi sombra, de los pies a la
cabeza, con una habilidad admirable, cómo la levantó, la enrolló, la dobló y
finalmente se la guardó. Se puso de pie, me hizo una vez más una inclinación y
se volvió a los rosales. Me dio la impresión de que se iba riendo, bajo, para
sí. Pero yo sujeté la bolsa fuertemente por los cordones, a mi alrededor estaba
la tierra brillante de sol, y yo seguía sin saber lo que me pasaba.


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