Loa a la Tierra; un viaje al jardín - Byung-Chul-Han (Fragmento)
Prólogo
Un día sentí una profunda añoranza, e incluso
una aguda necesidad de estar cerca de la tierra. Así que tomé la resolución de
practicar a diario la jardinería. Durante tres primaveras, veranos, otoños e
inviernos, es decir, durante tres años, estuve trabajando en un jardín, que
bauticé con el nombre de Bi-Won, que
en coreano significa “Jardín secreto”. En el letrero en forma de corazón que el
anterior encargado del jardín colgó en un arco de rosas aún sigue poniendo “Jardín
de ensueño”. Dejé el letrero como estaba. Al fin y al cabo, mi Jardín secreto también es de hecho un
jardín de ensueño, pues en él sueño con la tierra
venidera.
El trabajo de jardinería ha sido para mí una
meditación silenciosa, un demorarme en el silencio.
Ese trabajo hacía que el tiempo se
detuviera y se volviera fragante. Cuanto más tiempo trabajaba en el jardín,
más respeto sentía hacia la tierra y su embriagadora belleza. Desde entonces
tengo la profunda convicción de que la tierra es una creación divina. El jardín
me transmitió esta convicción, es más, me hizo comprender algo que para mí se
ha convertido en una certeza y ha asumido carácter
de evidencia. “Evidencia” significa originalmente ver. He visto.
Pasar el tiempo en el jardín florido me ha
devuelto una devoción piadosa. Creo que existió y que existirá el Jardín del Edén.
Creo en Dios, en el creador, en ese jugador
que siempre empieza de nuevo y que así lo renueva todo. También el hombre, por
ser creatura suya, está obligado a participar
en el juego. El trabajo o el rendimiento
destruye el juego. Es un hacer ciego, vacío, que ha perdido el habla.
Algunas
líneas de este trabajo son plegarias, confesiones, incluso declaraciones de
amor a la tierra y a la naturaleza. No existe la evolución biológica. Todo se
debe a una revolución divina. Yo he
tenido esta experiencia. La biología
es, en último término, una teología,
una enseñanza sobre Dios.
La tierra
no es un ser muerto, inerte y mudo, sino un elocuente ser vivo, un organismo
viviente. Incluso la piedra está viva. Cézanne, que estaba obsesionado con la
Montaña Santa Victoria, conocía el secreto y unas peculiares vitalidad y fuerza de las rocas. Ya Laozi enseñaba:
El mundo es como una misteriosa cáscara. No se
lo puede comprender. Quien quiera comprenderlo lo perderá.
Al ser una
misteriosa cáscara, la tierra es frágil. Hoy nos dedicamos a explotarla
brutalmente, a desgastarla y, a base de ello, a destruirla por completo.
De la
tierra nos llega el imperativo de cuidarla
bien, es decir, de tratarla con
esmero. En alemán, schonen, “tratar
con cuidado”, está emparentado etimológicamente con das Schöne, “lo bello”. Lo
bello nos obliga, es más, nos ordena tratarlo
con cuidado. Hay que tratar cuidadosamente
lo bello. Es una tarea urgente, una obligación de la humanidad, tratar con cuidado la tierra, pues ella
es hermosa, e incluso, esplendorosa.
Respetar
exige alabar. Las líneas que siguen son himnos, cánticos de alabanza a la
tierra. Esta loa a la tierra debe
sonar como una hermosa Canción de la
tierra. Pero en vista de las violentas catástrofes naturales que hoy nos
azotan, para algunos esta loa debería leerse como una noticia funesta. Esas catástrofes naturales son la iracunda
respuesta de la tierra a la falta de escrúpulos y a la violencia humanas. Hemos
dejado de verla y oírla
(...)
El tiempo de lo distinto
(...)
El tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto. El jardín tiene
su propio tiempo, sobre el que yo no puedo disponer. Cada planta tiene su
propio tiempo específico. En el jardín se entrecruzan muchos tiempos
específicos. Los azafranes de otoño y los azafranes de primavera parecen
similares, pero tienen un sentido del
tiempo totalmente distinto. Es asombroso cómo cada planta tiene una conciencia del tiempo muy marcada, quizá
incluso más que el hombre, que hoy de alguna manera se ha vuelto atemporal, pobre de tiempo. El jardín
posibilita una intensa experiencia temporal. Durante mi trabajo en el jardín me
he enriquecido de tiempo. El jardín para
el que se trabaja devuelve mucho. Me da ser
y tiempo. La espera incierta, la paciencia necesaria, el lento crecimiento,
engendra un sentido especial del tiempo. En la Crítica de la razón pura, Kant describe el conocimiento como una
actividad remunerada. Según Kant, el conocimiento trabaja por una “ganancia
realmente nueva”. En la primera edición de la Crítica de la razón pura, Kant
habla de “cultivo” en lugar de “ganancia”. ¿Qué motivo pudo haber tenido Kant
para remplazar “cultivo” por “ganancia” en la segunda edición?
Acaso “cultivo” le recordaba demasiado a Kant
la amenazadora fuerza del elemento, la tierra,
la incertidumbre y la imprevisibilidad inmanentes a ella, la resistencia, el
poder de la naturaleza, que habrían incomodado sensiblemente el sentimiento de
autonomía y libertad del sujeto kantiano. El asalariado urbanita podrá
desempeñar su trabajo independientemente del cambio de las estaciones, pero eso
le resulta imposible al campesino, que está sujeto a su ritmo. Posiblemente el
sujeto kantiano no conozca la espera ni la paciencia, que Kant rebaja a
“virtudes femeninas”, pero que son necesarias en vista del lento crecimiento de
aquello que fue encomendado a la tierra. Quizá a Kant le resultara insoportable
la incertidumbre a la que queda expuesto el campesino.
En su obra Amor
y conocimiento, Max Scheler señala que, “de una forma extraña y
misteriosa”, san Agustín atribuye a las plantas la necesidad “de que los
hombres las contemplen, como si gracias a un conocimiento de su ser al que el
amor guía, ellas experimentaran algo análogo a la redención”. El conocimiento
no es una ganancia, o al menos no es mi
ganancia, ni es mi redención, sino la
redención de lo distinto. El
conocimiento es amor. La mirada amorosa, el conocimiento al que el amor guía
redime a la flor de su carencia ontológica. El jardín es, por tanto, un lugar de redención. (pp.27)


Comentarios
Publicar un comentario