El Macroprosopo ; Eliphas Levi

 



No conocemos en los libros antiguos nada tan grande como el sínodo de los verdaderos iniciados, ocupados en construir mediante la verdad y la razón una figura jeroglífica de Dios. Saben que toda forma, para ser visible, exige una luz y proyecta una sombra. Pero la sombra, ¿puede representar, por sí misma, la inteligencia suprema? Indudablemente, no. No puede representar más que el velo; la antigua Isis estaba velada. Cuando Moisés hablaba de Dios, se cubría la cabeza con un velo. Toda la teología de los antiguos está velada por alegorías más o menos transparentes; la mitología no es otra cosa. Ha ella han sucedido los misterios, que son el velo negro, despojado de sus bordados, acusando cada vez más esta faz de sombra adivinada por el gran Rabí Schimeón. Pero todo esto se remonta a la ficción primera, de suerte que las lágrimas que traducimos, analizándolas, parece ser el origen de todos los simbolismos y el principio de todos los dogmas.

Nada tan hermoso y consolador como esa explicación dada a ciertas figuras de la Biblia, representando a Dios irritado, arrepentido o variable como el hombre. Nos dirá Schimeón Ben-Jochai que estas apasionadas contradicciones no pertenecen más que a la figura de sombra, y que son el espejismo de las pasiones humanas. La figura de luz siempre está radiante y tranquila; pero Dios, que no tiene rostro, permanece inmutable en torno de esa luz y de esa sombra. El hombre que busca a Dios hallará tan sólo el ideal del hombre, pues, ¿cómo puede lo finito concebir lo infinito?

El vulgo necesita un Dios que se le parezca. Si el Señor no se ofende cuando pecan, creerán que el mal permanece impune y sus desordenadas acciones no tendrán freno. Si el Señor no es duro, severo, misterioso, difícil de adivinar y de contentar, se dejarán llevar al descuido y a la pereza. El niño indócil necesita ser castigado, y el padre debe mostrarse enojado, aunque siente deseos de reír ante las diabluras del pequeño.

Así, siguiendo a nuestros antiguos maestros, la imagen de la divinidad tiene dos caras: una, que mira los crímenes del hombre y se irrita; otra, que contempla la eterna justicia y sonríe.

El misterio de la alta iniciación era igualmente conocido por los griegos, que a veces daban a Plutón los atributos de Júpiter. Egipto invocaba al Serapis negro, y se han conservado imágenes de Baco en que al dios, cuyas aventuras recuerda la historia de Moisés, se gritaba en sus fiestas: ¡Io Evohé! (Iod Hé-Vau-Hé), representando las cuatro letras del nombre de Jéhovah, con dos caras, como Jano: una, joven y hermosa como la de Apolo; la otra, grotesca como la de Sileno.

Apolo y Baco caracterizan los dos principios de la exaltación entre los hombres: el entusiasmo y la embriaguez. Las almas sublimes se embriagan de poesía; las almas vulgares buscan el entusiasmo en el vértigo provocado por el vino. Mas el vino no es para el vulgo la sola causa de la embriaguez; los hombres sin educación se marean con el humo que se les sube a la cabeza: los deseos insaciables, los apetitos desordenados, la vanidad, el fanatismo. Hay imaginaciones ascéticas más locas y desordenadas que las de las Bacantes en los pretendidos defensores de la religión, que convierten la dulzura en amargura y la predicación en sátira, condenados por la incorruptible naturaleza a llevar máscara de sátiros, Sus labios están quemados por la insolencia, y sus ojos bizcos denuncian, a pesar suyo, la perversidad de su alma.

La paz de sombra que describen nuestros rabinos no es, por lo tanto, el Dios de los Garasse, de los Patonillet o de los Veuillot; es el Dios velado de Moisés, el Dios posterior, si es posible llamarle así, haciendo alusión a una cita alegórica de la Biblia. Moisés ruega a Dios, a Dios invisible, que se deje ver por él. “Mira por la abertura de la roca, responde el Señor; pasaré poniendo mi mano en la abertura y cuando haya pasado me verás por detrás”. El Dios de luz es aquel con el cual sueñan los prudentes, el Dios de sombra es con el que sueñan los insensatos. La locura humana lo ve todo al revés, y si nos fuera permitido emplear la metáfora atrevida de Moisés, la faz que las multitudes adoran no es sino el anverso de la ficción divina, la sombra posterior de Dios. “Videbis posteriora mea”.  

 

(Eliphas Levi, en El libro de los Esplendores)




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