El crimen de Lord Arturo Savile - Oscar Wilde (fragmento)

 



"-¿Dónde está mi quiromántico?
-¿Su qué...Gladys?-exclamó la duquesa con estremecimiento involuntario.
-Mi quiromántico, duquesa.  No puedo vivir ya sin él.
- ¡Querida Gladys! ¡Usted siempre tan original!-murmuró la duquesa, intentando recordar lo que era exactamente un quiromántico, y confiando en que no sería lo mismo que un pedicuro.
- Viene a leer en mi mano dos veces por semana -prosiguió lady Windermere -, y le intereso muchísimo.
"¡Dios mío -pensó la duquesa -. Debe de ser una especie de manicuro. ¡Es atroz! Supongo que por lo menos será extranjero. Así no resultará tan desagradable."
-Tengo que presentárselo a usted -dijo lady Windermere.
- ¡Presentármelo! -exclamó la duquesa -. ¿Quiere usted decir que está aquí?
Recogió su abanico de carey y su chal de encaje antiquísimo, como preparándose a huir a la primera alarma.
- Claro que está aquí; no podría ocurrírseme dar una reunión sin él. Dice que tengo una mano esencialmente psíquica, y que si mi dedo pulgar fuera un poquito más corto, sería yo una pesimista de convicción y estaría recluida en un convento.
-¡Ah, sí! -profirió la duquesa, ya tranquila -. Dice la buenaventura, ¿no es eso?
- Y la mala también -respondió lady Windermere -,y muchas cosas por el estilo.

(...)

- Míster Podgers, continúe usted y díganos algo bueno de lord Arturo, que es uno de mis más estimados favoritos.
Pero en cuanto míster Podgers examinó la mano de lord Arturo, palideció de un modo extraño y no dijo nada. Pareció recorrerle un escalofrío; sus espesas cejas temblaron convulsivamente con aquella singular contracción tan irritante que le dominaba cuando estaba turbado. Gruesas gotas de sudor brotaron entonces de su frente amarillenta, como un rocío envenenado, y sus manos carnosas se quedaron frías y viscosas.

(...)


Entre tanto, lord Arturo Savile permaneció en pie cerca de la chimenea, oprimido por el mismo sentimiento de terror, por la misma preocupación enfermiza respecto a un porvenir negro. Sonrió tristemente a su hermana cuando pasó a su lado del brazo de lord Plymdale, preciosa con su vestido de brocado rosa y sus perlas, y casi no oyó a lady Windermere, que le invitaba a seguirla. Pensó en Sibila Merton, y a la sola idea de que podía interponerse algo entre ellos dos, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Quien lo hubiese mirado habría dicho que Némesis se apoderaba del escudo de Palas Atenea, mostrándole la cabeza de la Gorgona. Parecía petrificado, y su cara presentaba el aspecto de un mármol melancólico. Había vivido la vida delicada y lujosa de un joven bien nacido y rico; una vida exquisita, libre de toda baja inquietud, de una bella despreocupación infantil. Y ahora, por primera vez, tenía conciencia del terrible misterio del Destino, de la espantosa idea de la Fatalidad. ¡Qué disparatado y monstruoso le parecía todo aquello! ¿Podría ser que lo que estaba escrito en su mano con caracteres que él no sabía leer, pero que otro descifraba, fuese el terrible secreto de alguna culpa, el signo sangriento de algún crimen? ¿No habría escape?
¿No somos entonces más que peones de ajedrez puestos en juego por una fuerza invisible, más que vasijas que el alfarero modela a su gusto para honor o descrédito? Su razón se rebelaba contra aquel pensamiento; y sin embargo, sentía una tragedia suspendida sobre su vida, como su estuviera destinado de repente a soportar una carga intolerable. Los actores son, generalmente, gentes dichosas. Pueden elegir, para representar, la tragedia o la comedia, el dolor o la diversión; pueden escoger entre hacer reír o hacer llorar. Pero en la vida real es muy distinto. Infinidad de hombres y mujeres se ven obligados a representar papeles para los cuales no estaban designados. Nuestros Guildenstres hacen de Hamlets, y nuestros Hamlets, intentan bromear como el príncipe Hal. El mundo es un escenario; pero la obra tiene un reparto deplorable".
                                                               Fragmento de "El crimen de Lord Arturo Savile"; 
                                                             Transcrito de: "Oscar Wilde; Obras completas"; Editorial Aguilar.

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