Mil grullas de Yasunari Kawabata (fragmento)
Aun cuando había alcanzado a
llegar a Kamakura y al Templo Engakuji, Kikuji no sabía si acudiría a la ceremonia de té. Ya llegaba
tarde.
Siempre que Kurimoto Chikako
oficiaba la ceremonia del té en la morada interior del Engajuki, él recibía una
nota. Sin embargo, no había asistido ni siquiera una vez desde la muerte de su
padre. Consideraba las notas tan sólo gestos formales en memoria de su padre.
Esta vez había una posdata: ella
quería que él conociera a una joven a quien le estaba dando clases para la
ceremonia del té.
Mientras leía, Kikuji pensó en la
mancha de nacimiento de Chikako.
¿Tenía ocho, quizá, nueve años?
Su padre lo había llevado a visitar a Chikako y la habían encontrado en la sala
del desayuno. Tenía el kimono abierto. Estaba cortándose el pelo de la mancha
con un pequeño par de tijeras. La mancha, grande como la palma de una mano, le
cubría la mitad del pecho izquierdo y se desplazaba por el hueco entre ambos
pechos. Parecía estar creciendo pelo sobre la mancha negro-morada, y Chikako
estaba en el proceso de cortarlo.
—¿Trajiste al muchacho contigo?
Sorprendida, se acomodó el cuello
del kimono. Luego quizá porque apresurarse sólo había complicado sus esfuerzos
por cubrirse, se volvió ligeramente y, con cuidado, metió el kimono dentro del
obi.
Su sorpresa debió de haber sido
causada menos por la aparición del padre de Kikuji que por Kikuji.
Puesto que una doncella los había
recibido en la puerta, Chikako debía saber, por lo menos, que el padre de
Kikuji había llegado.
El padre de Kikuji no entró en la
sala de desayuno. En cambio, se sentó en la habitación contigua, la habitación
donde Chikako daba sus lecciones.
—¿Podría tomar una taza de té? —preguntó
el padre de Kikuji de manera ausente. Miró la lámpara del nicho.
En el periódico que estaba sobre
su rodilla, Kikuji había visto pelos que eran como los de una barba. Aunque
había plena luz del día, las ratas correteaban por el espacio vacío del cielo
raso. Había un duraznero en flor junto a la veranda.
Cuando al fin ocupó su lugar junto
al brasero del té, Chikako parecía preocupada.
Unos diez días después, Kikuji
había oído a su madre decirle al padre, como si fuera un secreto
extraordinario, que él no podía desconocer que Chikako no se había casado a
causa de la mancha de nacimiento. Había compasión en los ojos de su madre.
—¿Ah sí? —el padre
de Kikuji cabeceó, aparentemente sorprendido —. Pero no importaría si su
esposo lo viese, ¿verdad? En especial, si sabía de su existencia antes de
casarse...
—Eso es exactamente lo que le
dije. Pero, después de todo, una mujer es una mujer. No creo que yo hubiera
sido capaz de decirle a un hombre que tenía una mancha enorme en mi pecho.
—Pero ya no eres joven.
—Aún así, no sería fácil. Es
probable que un hombre con una mancha pueda casarse y simplemente reírse cuando
se lo descubren.
—¿Tú has visto la mancha?
—No seas tonto. Claro que no.
—¿Sólo hablaron de él?
—Ella vino para mi lección y
hablamos de toda clase de cosas. Supongo que sintió deseos de confesarse.
El padre de Kikuji permanecía en
silencio.
—Imagina que ella estuviera por
casarse. ¿Qué pensaría el hombre?
—Casi
seguro sentiría rechazo. Pero puede que encontrara algo atractivo en él, al
tenerlo como algo secreto. Por otro parte, el defecto puede realzar aspectos
interesantes. De todas formas, no es un problema del cual valga la pena hablar.
—Le dije que no era un problema
en absoluto. “Pero está sobre el pecho”, dijo ella.
—¿Ah sí?
—Lo más difícil sería tener un
niño que amamantar. El esposo podría tolerarlo, pero el niño...
—¿La mancha impediría que saliera
la leche?
—No es eso. No, el problema sería
tener al niño mirando la mancha mientras lo amamanta. Mis consideraciones no
habían llegado a tanto, pero una persona que en realidad tiene una mancha
piensa en esas cosas. Desde el día de su nacimiento se alimentaría allí y,
desde el día que comenzara a ver, vería esa horrible mancha en el pecho de su
madre. Su primera impresión del mundo, la primera impresión de su madre, sería
esa horrible mancha, y allí quedaría esa impresión, a lo largo de toda la vida
del niño.
—Ah, pero, ¿no es eso inventarse
preocupaciones?
—Uno podría alimentarlo con leche
de vaca, supongo, o contratar una nodriza.
—Para mí lo importante es si hay
leche o no, no si hay una mancha o no.
—Me temo que no. Yo en verdad
sollocé cuando lo escuché. No quisiera que nuestro hijo se amamantara de un
pecho con una mancha de nacimiento.
—¿Ah sí?
Ante esta muestra de ingenuidad,
una oleada de indignación había embargado a Kikuji, una oleada de resentimiento
hacia su padre, quién podía pasarlo por alto, aunque también él había visto la
mancha.
Ahora, sin embargo, casi veinte
años más tarde, Kikuji podía sonreír ante el recuerdo de la confusión de su
padre.
Desde la época en que tenía diez
años, más o menos, pensaba a menudo en las palabras de su madre y se
sobresaltaba incómodo ante la idea de un medio hermano o media hermana que
mamara en la mancha.
No era el simple temor a tener un
hermano o hermana lejos del hogar, un extraño para él. Era más bien el temor de
ese hermano o hermana en particular. Kikuji estaba obsesionado con la idea de
que un niño que mamara de ese pecho, con la mancha de nacimiento y los pelos,
sería un monstruo.
Aparentemente, Chikako no había
tenido hijos. Uno podía, si lo deseaba, sospechar que su padre no se lo había
permitido. La asociación entre la mancha y un bebé que habría entristecido a la
madre podría haber sido el ardid de su padre para convencer a Chikako de que
ella no quería niños. En todo caso, Chikako no tuvo ninguno, ya fuera cuando su
padre vivía o después de su muerte.
Quizá Chikako había realizado su
confesión poco tiempo después de que Kikujji viera la mancha, porque temía que
Kikuji hablara del asunto.
Chikako no se había casado.
Entonces, ¿la mancha había regido su vida?
Kikuji nunca se olvidó de la
mancha. A veces incluso podía imaginar que sus destinos estaban enmarañados en
ella.
Cuando recibió la nota que le
avisaba que ella se proponía realizar la ceremonia del té como excusa para
presentarle a una joven, la mancha flotó ante él una vez más y, puesto que la
presentación la realizaría Chikako, se preguntó si la joven tendría la piel
perfecta, una piel libre de las más leve marca.
¿Había su padre ocasionalmente
apretado la mancha con los dedos? ¿La había mordido incluso? Tales eran las
fantasías de Kikuji.
Aún ahora, mientras caminaba por
los jardines del templo y escuchaba el gorjeo de los pájaros, éstas eran las
fantasías que le venían a la mente.
Unos dos o tres años después del
incidente, por alguna razón Chikako se había vuelto masculina en sus modales.
Ahora era bastante asexuada.
En la ceremonia de hoy, ella
trajinaría de un lado a otro con energía. Quizá el pecho con la mancha se había
marchitado. Kikuji sintió que una sonrisa de alivio afloraba a sus labios.
Justo entonces, dos mujeres jóvenes se apresuraron detrás de él
Se detuvo para dejarlas pasar.
—¿Saben ustedes si la casa que
ocupa la señorita Kurimoto queda en esta dirección?
—Sí, así es – respondieron al
unísono.
Kikuji ya lo sabía y era
evidente, por la vestimenta, que se dirigían a una ceremonia del té. Había
preguntado porque quería dejar en claro para sí mismo que asistiría.
Una de las muchachas era hermosa.
Llevaba un bulto envuelto en un pañuelo con un diseño blanco de mil grullas
sobre un fondo rosado de crespón.

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